miércoles, 31 de octubre de 2018

Acepto las maletas



Por: Laura Quiceno

Acepto los viajes
Acepto el cansancio
Acepto todavía no tener un puerto
Acepto dejar la serenidad del agua para volverme aire
Acepto la curiosidad insana
Acepto conocer las historias de desconocidos
Acepto relegar la pijama y la crema hidratante
Acepto el maquillaje, estar afuera
Acepto el performance, estar rodeada
Acepto las anécdotas, el ruido ajeno
Acepto las maletas
Acepto la duda
Acepto la insatisfacción
Acepto acallarte a ti en mí
Acepto que ya no eres mi refugio
Acepto que no me abarques
Acepto las miradas curiosas
Acepto los reencuentros
Acepto la incomodidad
Acepto lo frenético
Acepto los atajos
Acepto lo desconocido
Acepto lo que repelo
Acepto ser aire
Acepto el movimiento.

Foto: Laura Quiceno

miércoles, 18 de julio de 2018

Hogar


Por: Laura Quiceno.


Toda mi vida he buscado el significado de la palabra hogar. Ha sido una sensación pasajera y efímera que he intentado atrapar y por más que la retengo, nunca lo logró.

Me he encontrado con otros solitarios que buscan lo mismo, pero me ven en su casa y se asustan.

Primero colonizo con mis libros y luego con mis diarios, asisten a mis rutinas silenciosas en pijama y huyen.

No sé qué signifique esa palabra, solo sé cómo se siente, por ejemplo, cuando por primera vez pintamos juntos el apartamento en un morado ruidoso con gris. Pusimos ahí algunas palabras que significaban algo para nosotros y las tapamos después con una capa de pintura.

Nunca volveré a vivir eso, mudarse con alguien la primera vez.

Todos buscamos ese hogar toda la vida, como lo he perdido tantas veces, sigo buscando su significado.

La primera vez que viví sola parecía que andar en calzones era la mejor sensación de la tierra. Estar en calzones y cantar desnuda son mis placeres solitarios.

Después descubrí un par de vecinos chismosos y tuve que suspender mis cantadas. Ahí sentí una extraña sensación de hogar, algo tan íntimo, tan propio.

Mi único hogar ha sido la escritura, es el único lugar donde me siento a salvo, en él huyo del ruido, me sumerjo en una caverna que no se construyó ahora, es un hogar tan viejo que huele a madera, a tierra, que suena a agua, que simplemente recuerdo con abrir mi cuaderno.

Todos se van y solo queda ese hogar, es lo único que tengo.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.

jueves, 14 de junio de 2018

Mirarse al espejo


Por: Laura Quiceno

Hay una mujer que ven los demás y otra que se mira al espejo en las noches.

El espejo es un artificio milenario, la posibilidad de un mundo invertido con cada mirada.

No hay momento más íntimo que llorar frente a él. Ver los rasgos afectados por el dolor.

Ilumina la sombra, devela lo opaco y lo resplandeciente.

Muchos lo usaban en la infancia para “caminar” por el techo de su casa y evadirse del mundo y en las historias de las abuelas cuando alguien moría había que taparlos para que el alma del que había decidido partir no se quedara atrapada.

Tal vez los espejos se hicieron para recordar las sensaciones en la piel o para engañarnos y nunca confirmar el paso del tiempo. Para huir con cada mirada rutinaria.

Me veo diferente en el espejo de mi casa a la imagen que veo en los grandes ventanales de las calles. Nunca soy la misma y con el paso del tiempo mis rasgos se van acentuando y con cada facción marcada hay una herida, una memoria en la piel.

En el espejo, las mujeres se confrontan con la mujer profunda, con su yo antiquísimo. No pueden ocultar sus temores mientras se maquillan.

Ahí siguen, mi pelo enredado, los pómulos prominentes y la piel pálida.

Foto: Juan Cristóbal Cobo

miércoles, 30 de mayo de 2018

Los libros son el hilo conductor de mi vida


Por: Laura Quiceno

No recuerdo el momento exacto en que los conocí.

Tal vez en la biblioteca del colegio o al lado de los cuadernos viejos con hojas amarillas de papá.

Desde que tengo memoria ellos están ahí, conmigo.

En las noches, en los aeropuertos, en los aviones (sobre todo en los aviones, son un buen lugar para devorarlos) 

En algunas temporadas, libres en mesas, pisos y camas junto a diarios regados y en otras guardados en clósets.

Fue tal vez Jorge Luis Borges el primero. Funes el memorioso se metió a mi vida por meses y un cuento de Julio Cortázar sobre un trancón monumental pasó de ser una historia ajena a una anécdota que sentía propia (La autopista del sur)

Los amores también tienen libros: A sangre fría de Truman Capote, El Enterrador de Thomas Lynch y Frank Sinatra está resfriado de Gay Talese fueron las herencias del primer amor. Esas lecturas marcaron para siempre mi camino.

Cuando me mudé a Bogotá, Fernando Pessoa acompañaba esas noches de miedo y soledad y un ensayo sobre Joseph Conrad de Juan Gabriel Vásquez calmaba mis ojos de neófita. (Joseph Conrad, el hombre de ninguna parte)

Wendy Guerra, Andrés Neuman, Alberto Fuguet, Clairce Lispector y Leila Guerriero serían la banda sonora del segundo amor. Un retorno a Latinoamérica, una evocación a Borges, a Cortázar, a La autopista al sur.

Durante muchas noches sentí que era Sophie del Viajero del siglo de Andrés Neuman.

En los momentos más profundos de dolor abandono los libros. No recuerdo autores o fragmentos. La felicidad para mí está ligada a ellos, como una bañera con agua caliente, como el mar frío y la luz blanca de Chile.

La vez que más dolieron fue cuando los vi empacados en cajas, lejos de la biblioteca que habitaron por años. Los libros nunca deberían estar en cajas.

La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, Las ciudades invisibles de Italo Calvino y Los días del abandono de Elena Ferrante me conmovieron.

La Consagración de la primavera de Alejo Carpentier fue una epifanía que nunca volví a sentir. Quedé extasiada con días por el uso milimétrico de las palabras, por la sinfonía perfecta que veía ante mis ojos.

Mokusei de Cees Nooteboom es el cuento perfecto, superado solo por Guiando la hiedra de Hebe Uhart o tal vez por Funes el memorioso, o no, superado solo por Juego de niños de Alice Munro.

Creo que ya recordé dónde empezó todo, fue en la biblioteca del colegio, cuando Tere, la bibliotecaria decidió regalarme los poemas de José Asunción Silva y una edición de lujo de Cien años de soledad.

Ese día descubrí el placer de tenerlos conmigo, siempre al lado.

Ahí empezó todo.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.



domingo, 20 de mayo de 2018

Me gustan las cosas con errores

Por: Laura Quiceno.

Me gustan las cosas con errores.

Las caras raras, las letras chuecas, las equivocaciones en un discurso bien estructurado que hacen descubrir quién es esa persona.

Me gustan las cosas incompletas.

Los trajes roídos, los trajes gastados de los que deambulan sin rumbo esperando que alguien escuche sus historias.

Me gustan las historias de amor inconclusas.

Porque persisten en el tiempo, porque cuando los protagonistas se ven en el pasillo, intuyen algo que quedo pendiente.

Me gustan las voces de los que han sufrido, a los que se les marca cada arruga en la cara.

Porque en cada relato palpita la paradoja de la vida: hay belleza y luz en el caos.

Me gustan los que viven de noche y duermen de día.

Porque pertenecen a una secta que aprendió a vivir con lo oscuro, que huye de la rutina.

Me gustan los músicos y pintores fracasados.

Porque persisten en su arte así nunca tengan eco.

Me gusta la vulnerabilidad.

Los ataques de llanto en la calle, los que se pasan la vida hablando solos.

Me gusta la honestidad.

Las frases sin artificio, las miradas profundas.

Me gusta no encontrar la palabra precisa.

Me gustan los cuerpos desnudos, sin trucos de color o telas.

Me gustan los errores, porque en la fragilidad está el secreto del universo.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.

jueves, 10 de mayo de 2018

Cada vez me parezco más ella




Por: Laura Quiceno

Cada vez me parezco más a ella, al pelo alborotado que Alba llevó con rebeldía.

Al aura de soledad, de misterio, de melancolía que la inundaba a veces.

Cada vez me parezco más a ella, a una belleza admirada por todos e incomprendida por ella. A una fascinación por lo íntimo, por lo que se cuela en la mente con el alma en pijama y sin maquillaje.

Cada vez me parezco más a ella, a ser una mujer con un lunar en la cara, ella en el cachete y yo con uno sobre la boca. Una señal que nos distingue de los demás. Estamos marcadas, con ese halo de particularidad, de rasgos no convencionales.

Cada vez me parezco más a ella, así no sepa lo que es ser madre a los 22 y sumergirse en un amor que desconozco.

Cada vez me parezco más a ella, con cuadernos llenos de ideas, de destellos que son guardados con sigilo y que pasarán de generación a generación en esta dinastía melancólica femenina.

(Mamá, ¿dónde guardas esos cuadernos?)

Cada vez me parezco más a ella, así haya elegido a un hombre tan diferente del que se enamoró ella.

Cada vez me parezco más a ella, así con cada viaje, con cada beso me aparte de lo conocido y recorra caminos que ella hubiera querido recorrer.

Cada vez me parezco más a ella y a su asombrosa capacidad de conmoverse con el dolor de los demás desde las entrañas.

Intuimos alegrías, anticipamos dolores.

Cada vez me parezco más a ella, a intentar sanar con un solo abrazo las lágrimas de otras mujeres.

Cada vez me parezco más a ti al mirarme en el espejo y al hacerme hoy esta fotografía.

domingo, 29 de abril de 2018

Soy acuática

Por: Laura Quiceno

Soy acuática. Mis emociones son como el agua, a veces serenas, otras, tempestuosas.

Cuando estoy enamorada mi piel y mis lágrimas se vuelven fluidas.

Cuando no estoy enamorada soy tierra, me vuelvo pragmática y escéptica.

En el agua vuelvo a mi elemento, tal vez al vientre de mi madre o a una raíz mucho más profunda, al nacimiento de los océanos.

Me siento libre en el agua y huyo del fuego.

No concibo el mundo racional sin las emociones, para mí son un solo universo. Siento cada pensamiento, los pensamientos son líquidos.

Tengo la nostalgia del marinero y de los que esperan en los puertos.

Llevo la marca del agua en mi piel, por eso puedo sentir el mundo en mi vientre.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.

miércoles, 18 de abril de 2018

Los que ya no están en nuestros sueños


Por: Laura Quiceno

Eran visitantes frecuentes en las tramas nocturnas.

Vivíamos la cotidianidad del día con algunas alteraciones durante la noche.

El momento íntimo en el que te abrazaba mientras lavabas la loza se trasladó a un apartamento inexistente.

En una sesión de fotos de revista aparecían generaciones futuras.

Una obra de teatro de colegio se transformó en una serie nocturna con la introducción de una Sinfónica en el elenco.

Lagunas inmensas, montañas con nieve que se veían a través de ventanales, ya no están.

Se fue él. La piel parecía seguir despierta en la noche. Éramos otros, lucíamos diferentes, pensábamos diferente.

Solo un sonido suelto, una frase ajena en la calle parece traerlos de regreso. Se convirtieron en un recuerdo de vigilia, ya no están hechos de material onírico.

Los que se fueron de nuestros sueños fueron exiliados por nosotros o tal vez ellos nos desterraron antes.

Nos condenaron a no sentirlos ni siquiera en sueños.

Nos condenaron a no soñarlos, que es una forma de olvido.

Foto: Juan Cristóbal Cobo

jueves, 12 de abril de 2018

Soy un cangrejo



Por: Laura Quiceno

A mi mamá, Alba Soto.

Huyo de la multitud, cuando siento un elemento extraño me mimetizo con el agua para luego salir a la superficie y seguir jugando a esconderme.

Soy húmedo, naranja, mis movimientos son torpes.

Camino en el agua y mis pasos son interrumpidos por mis miedos.

Estoy en el mar, pertenezco a ese universo insondable, profundo, misterioso, infinito.

En las noches me atrevo a salir ocasionalmente pero solo en compañía de los que pertenecen a mi especie, que son como yo.

Nunca soy admirado por mi gracia, soy solitario y pegajoso.

Tengo tenazas y puedo herir profundamente cuando atacan mi espacio, mi intimidad.

Mi caparazón me hace ver rígido, pero por dentro soy suave.

Encuentro belleza en lo solitario, me gustaría que nadie habitara mi silencio.

Estoy absorto en mis pensamientos, en mis miedos y sin embargo hago parte de un todo que me recuerda que en el universo no hay posibilidad de una soledad absoluta.

Tengo que estar ahí, afuera y hacer el performance de criatura del mar.

Fui desterrado de las cuevas. Me hicieron salir de mi claustro para ver las noches, los días.

Es difícil dejar de estar encerrado y ser observado o peor aún, ser invitado a interactuar.

Pertenezco a un mundo tan complejo que nunca podre realmente estar solo.

Soy un cangrejo y seguiré jugando a la soledad.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.



domingo, 8 de abril de 2018

No sé echarme pintalabios rojo


Por: Laura Quiceno.

Tengo 31 años y no sé echarme pintalabios rojo. Lo asoció con llamar la atención, situación de la que huyo desde niña.

Siempre me quedo mirando a las mujeres que lo usan en la mañana, me parece un bello despropósito.

A las que lo usan de noche, en conciertos, en discotecas, les pregunto: ¿cómo hacen para besar?, ¿cómo logran que no se corra?

Nunca he jugado a aplicarlo frente al espejo en las rutinas solitarias.  Desconozco parte esencial de la historia de la seducción femenina. Por otra parte, siento que conservo la lozanía.

Pintarse los labios de rojo es una declaración de seducción. Tal vez cuando una mujer aprende a hacerlo es un ritual de paso, como la primera vez que viajas sola o amas a alguien.

Pintarse los labios de rojo es un acto cinematográfico, como llevar una minifalda o usar tacones.

Nunca un hombre ha corrido pintalabios rojo de mi boca y en ese acto esta una primera vez que tengo que vivir.

Pintarse los labios de rojo es jugar a ser una mujer que tal vez ya fuimos en el pasado.

El día que lo aplique en la mañana entenderé ese bello despropósito femenino. El placer de jugar por siempre.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.

domingo, 25 de marzo de 2018

Días de pelo alborotado


Por: Laura Quiceno

Perdí muchas cosas en mi vida, pero recuperé otras, mi pelo alborotado.

A mamá le encantaban mis crespos cuando era niña. A mí me parecía que hacían ver mi cara más redonda.

Las mujeres con pelo crespo luchamos siempre por parecer peinadas.

Nuestros pensamientos son como el pelo, rebeldes, despeinados, enredados.

Uno de los más grandes placeres es lavarlo, el olor a acondicionador recién sales de la ducha. Los rizos parecen obedientes y cuando se secan vuelven a su alboroto.

La primera vez que me cortaron el pelo muy corto a los 6 años, los crespos parecían más salvajes. Mi tía Elvia luchaba contra ellos, estirándolos en una moña. Los esfuerzos eran inútiles, cuando llegaba a casa mi despeluque nos hacía reír a mi hermana y a mí.

En la adolescencia negué mi naturaleza crespa, lo alisé, lo tinturé de negro, de rojo y al hacerlo estaba tapando una parte de mi personalidad.

Hasta los treinta, la década donde realmente abracé lo que soy, recuperé mi pelo alborotado.

Hace poco volví a recogérmelo y cuando llego a casa me lo suelto, es como si volviera a mi naturaleza salvaje, a la mujer antiquísima que vivía sin acondicionador o peinilla.

La libertad es tener el pelo alborotado.

Apenas tengo dos canas y no sé cómo se verán los crespos en gris.

En cuanto a mis pensamientos, siguen siendo muchos y solo se calman, se sosiegan cuando los escribo.

Perdí muchas cosas en mi vida, pero recuperé otras, mis días de pelo alborotado.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.


miércoles, 21 de marzo de 2018

Silenciosa


Por: Laura Quiceno.

Suenan las voces en los cubículos de la oficina, suena la radio.

Suenan las risas de extraños. Las conversaciones ajenas se mezclan en las calles.

Suenan las motos y las voces de los que amanecen de malgenio en las mañanas.

Suenan las construcciones, suenan los aullidos de los perros encerrados, suenan las alarmas de los carros, suenan las peleas de extraños a través de los muros.

El silencio es el compañero olvidado de todas las ciudades.

En un mundo que ama lo frenético, el silencio parece destinado al olvido.

El silencio es un arrullo, es el único refugio. Está en los libros de la casa, en el sofá, en las velas encendidas, en los árboles.

En silencio regresamos al inicio, a la nada.

En silencio sentimos la presencia real de las cosas.

En silencio sentimos más la vida y comprendemos la cercanía con la muerte.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.


sábado, 17 de marzo de 2018

¿Por qué ver Matar a Jesús?


Porque es tratar de dar un final, un sentido a la muerte violenta de alguien que amas.

Porque muestra la cercanía y a la vez la lejanía con esa oscuridad de Medellín. Estás siempre al borde de cruzarla.

Porque es perfecto el ruido como banda sonora.

Porque cuando bajan del mirador, a Paula y Jesús los acompañan unos chicos en cicla, dueños de esas lomas de Medellín. Es una escena poética, luminosa.

Hay belleza en los que no le temen a la muerte.

Por la elección de la directora, Laura Mora, de narrar la historia en una Medellín decembrina, con esas luces, con pólvora. Con esa sonoridad estruendosa.

Porque al final llega la confrontación esperada. Jesús, el monstruo se desarma y se vuelve más que humano.

Porque Matar a Jesús es una oda al padre. Un homenaje que remueve.

Foto: Facebook película Matar a Jesús.

jueves, 15 de marzo de 2018

Nacer en Medellín


Por: Laura Quiceno

Alguna vez alguien me dijo que Medellín es una mujer que intenta ocultar sus arrugas y sus manchas con mucho maquillaje.

Alguna vez alguien me dijo que en Medellín tantos muertos pesan.

Alguna vez alguien me dijo que Medellín es callejera.

Nací en Medellín en el año 86, en pleno Mundial de fútbol. Maradona se consagraba como el más grande y mientras yo me aferraba al vientre de mi mamá, los que saboreaban la década de los 20 veían como las calles y discotecas se iban llenando de personajes oscuros.

Nací en la década de la muerte, del narcotráfico y aunque en mi mente están las historias y coreografías que me inventaba, los grandes vivían con miedo y el nombre de Pablo Escobar era una profanación en las comidas.

Nací en la tierra de Bajo Tierra y Parlantes.

“Las bandas de Medellín suenan sucio”, dice alguien más.

Nací en una ciudad donde he visto lo mejor del ser humano y donde también he sentido mucho miedo.

Nacer en Medellín es tener muy presente la palabra raíces a donde quiera que vayas.

Nacer en Medellín es encontrarse en cada barrio con las historias de las abuelas que llegaron del campo a educar a 8, 9 hijos con la promesa de un mejor futuro.

Nacer en Medellín es admirar la belleza de los rasgos campesinos, de los dichos de antaño en quienes amamos.

A Medellín la amo y la odio. Me confronta el ruido de sus calles y luego me conmueven las historias de los extraños y de la gente con la que crecí.

Medellín es una sinfonía que suena a Enrique Santos Discépolo, a Héctor Lavoe, a I.R.A.

Alguna vez alguien me dijo que Medellín es un dolor eterno, de sentir que con cada muerte violenta muere algo en vos.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.



miércoles, 7 de marzo de 2018

Para ser editora se necesita haber mudado muchas veces de piel



Por Laura Quiceno

“He cambiado de piel”. Es la frase que está tatuada en mi frente.

“Todavía escribo en agendas” sale en casi todas mis conversaciones cuando los celulares nos hacen olvidar la magia del papel y los bolígrafos de colores.

“Soy curiosa”. Es la frase que me define como mujer y como periodista.

No hay división entre lo que soy y lo que hago. Desde el 2011 combiné mi pasión con mi tarea de todos los días: escribir y ordenar universos de palabras.

Desde que llegué al periodismo por intuición, por ganas de indagar en las lecturas de adolescencia, desde el momento en que nació ‘Bogotá sin edición’ en mayo de 2011 con entrevistas a escritores (Andrés Neuman, Alberto Fuguet, Judith Thurman) quise contar historias, indagar en la vida de otros, con universos similares y a la vez diferentes al mío.

Desde la predilección por ‘Los días del abandono’ de Elena Ferrante que comparto con Judith Thurman hasta el gusto de Alberto Fuguet por la película ‘Something Wonderful’ con Mary Stuart Masterton y Andrés Caicedo, desde ese momento supe que dejaría atrás la ciencia política y me sumergiría en uno de los oficios más apasionantes del mundo: el periodismo.

No sé en qué momento pasé de escribir a editar, siento que estaba escrito cruzar esa línea para descubrir las voces de otros.

Tal vez fue cuando llegué a Kienyke.com como periodista y luego como editora de tendencias. O con mi fugaz paso por el mundo de los noticieros de televisión o por las noticias en radio donde en seis meses descubrí lo mucho que me hacían falta las páginas impresas y las digitales, buscar un título, sentarme durante días a escribir y reescribir el primer párrafo.

Eso extrañaba: sonreír mientras transcribía la entrevista y en un momento descubría que el personaje se estaba desnudando y se revelaba ante mí como una epifanía y yo podía transmitirlo a los lectores.


Foto: Juan Cristóbal Cobo.

En el momento más álgido de las ruedas de prensa, de salir en vivo, decido volver al periodismo escrito.

Recuerdo que volví a enfrentarme primero al papel, el lapicero y luego al ordenador con  ‘La Sal de la tierra’, el documental sobre Sebastião Salgado para la revista chilena Intemperie, después de seis meses sin escribir sobre lo que veía o admiraba, retratar su obra me costó lágrimas y la construcción del artículo más de 15 días. Había retomado mi camino.

Había visto de cerca el periodismo informativo y estaba lista para regresar al periodismo narrativo.

Hoy, a mis 31 años, sé que para ser editora se necesita haber pasado por muchas salas de redacción, haber sentido el machismo y también haber conocido a reporteras guerreras que se la juegan en campo.

Para ser editora se necesita haber vivido, haberse enamorado dos o más veces y ver como se esfuma lo que construiste y sentarte a escribir sobre eso.

Para ser editora debiste sacrificar muchos fines de semana, ver las luces encendidas de ‘Al Aire’ en una cabina, ser apasionada por un oficio que “no te deja tener vida” y que a la vez te permite vivir al 100 %.

Para ser editora tienes que aceptar en los errores de los otros, tus propios errores y aprender.

Para ser editora tuviste que haber vivido, llorado, pasado por varios colores de pelo, haber querido escribir todas las historias del mundo y luego incitar a otros a que las escriban.

Para ser editora tuviste que trasnochar muchas veces, hasta que lograste que esa historia encajara y se revelara a otros.

Para ser editora se necesita aprender que hay muchas historias por escribirse y que algunas todavía se están escribiendo y no tienen punto final.

Fotos: Juan Cristóbal Cobo

sábado, 3 de marzo de 2018

Toma 2: Alicia

Foto: Juan José Higuera

El horizonte está limpio. Alicia contempla las olas mientras hace la retrospectiva de su vida: la primera vez que vino al mar, su luna de miel y los ocho hijos que nunca imaginó tener. Ya abandonó la vanidad que nunca está conforme con el tamaño de los senos, el largo de las piernas y los gorditos de la cintura. Es hermosa y lo mejor, no lo sabe.

Para mi abuela, Alicia Ruiz.

En Instagram @LauraQuicenoSoto

domingo, 25 de febrero de 2018

Toma 1: Diarios



Historias de cámara. 
Por Laura Quiceno.

Toma 1: Diarios.

Hay diarios prohibidos, hay diarios luminosos, hay diarios lúgubres, hay diarios ruidosos, hay diarios silenciosos, hay diarios olvidados, hay diarios lujuriosos, hay diarios estériles. Hay diarios para releer, hay diarios a los que nunca se quiere volver.

domingo, 27 de agosto de 2017

¿Por qué duele Amazona?


Por Laura Quiceno

Porque la mujer antiquísima despierta, esa que ya fue bisabuela, abuela, madre. Esa que viene de un linaje femenino, que reconoce las heridas de otras mujeres como suyas.

Porque la vida y el amor están tan cerca de la muerte, que las lágrimas de Valerie, la protagonista, son las lágrimas de todas las mujeres que sabemos que todas las pérdidas se cargan en el vientre.

Porque recordamos a nuestras madres en las fotos viejas en las que parecíamos una extensión de su regazo. Se ven tan felices y a la vez tan vulnerables, un estado de belleza frágil.

Porque me recuerda las historias que aplazamos contar, esas que están fijas en la memoria y en los diarios, que siempre estamos esperando el momento justo para contarlas, ese momento en que la vergüenza de ser mujeres nos abandone para sanar los dolores ocultos de nuestras bisabuelas y abuelas, que se borren con un grito o con cientos de páginas.

Porque los viajes vienen y van, los caminos se abren y nunca paran de llevarnos a nuestra esencia femenina. Porque siempre nuestras madres cambian el rumbo de nuestras vidas.

Porque la libertad es tan inconmensurable y  tan infinita que ante cualquier final es lo único que nos acompaña.