miércoles, 18 de julio de 2018

Hogar


Por: Laura Quiceno.


Toda mi vida he buscado el significado de la palabra hogar. Ha sido una sensación pasajera y efímera que he intentado atrapar y por más que la retengo, nunca lo logró.

Me he encontrado con otros solitarios que buscan lo mismo, pero me ven en su casa y se asustan.

Primero colonizo con mis libros y luego con mis diarios, asisten a mis rutinas silenciosas en pijama y huyen.

No sé qué signifique esa palabra, solo sé cómo se siente, por ejemplo, cuando por primera vez pintamos juntos el apartamento en un morado ruidoso con gris. Pusimos ahí algunas palabras que significaban algo para nosotros y las tapamos después con una capa de pintura.

Nunca volveré a vivir eso, mudarse con alguien la primera vez.

Todos buscamos ese hogar toda la vida, como lo he perdido tantas veces, sigo buscando su significado.

La primera vez que viví sola parecía que andar en calzones era la mejor sensación de la tierra. Estar en calzones y cantar desnuda son mis placeres solitarios.

Después descubrí un par de vecinos chismosos y tuve que suspender mis cantadas. Ahí sentí una extraña sensación de hogar, algo tan íntimo, tan propio.

Mi único hogar ha sido la escritura, es el único lugar donde me siento a salvo, en él huyo del ruido, me sumerjo en una caverna que no se construyó ahora, es un hogar tan viejo que huele a madera, a tierra, que suena a agua, que simplemente recuerdo con abrir mi cuaderno.

Todos se van y solo queda ese hogar, es lo único que tengo.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.

jueves, 14 de junio de 2018

Mirarse al espejo


Por: Laura Quiceno

Hay una mujer que ven los demás y otra que se mira al espejo en las noches.

El espejo es un artificio milenario, la posibilidad de un mundo invertido con cada mirada.

No hay momento más íntimo que llorar frente a él. Ver los rasgos afectados por el dolor.

Ilumina la sombra, devela lo opaco y lo resplandeciente.

Muchos lo usaban en la infancia para “caminar” por el techo de su casa y evadirse del mundo y en las historias de las abuelas cuando alguien moría había que taparlos para que el alma del que había decidido partir no se quedara atrapada.

Tal vez los espejos se hicieron para recordar las sensaciones en la piel o para engañarnos y nunca confirmar el paso del tiempo. Para huir con cada mirada rutinaria.

Me veo diferente en el espejo de mi casa a la imagen que veo en los grandes ventanales de las calles. Nunca soy la misma y con el paso del tiempo mis rasgos se van acentuando y con cada facción marcada hay una herida, una memoria en la piel.

En el espejo, las mujeres se confrontan con la mujer profunda, con su yo antiquísimo. No pueden ocultar sus temores mientras se maquillan.

Ahí siguen, mi pelo enredado, los pómulos prominentes y la piel pálida.

Foto: Juan Cristóbal Cobo

miércoles, 30 de mayo de 2018

Los libros son el hilo conductor de mi vida


Por: Laura Quiceno

No recuerdo el momento exacto en que los conocí.

Tal vez en la biblioteca del colegio o al lado de los cuadernos viejos con hojas amarillas de papá.

Desde que tengo memoria ellos están ahí, conmigo.

En las noches, en los aeropuertos, en los aviones (sobre todo en los aviones, son un buen lugar para devorarlos) 

En algunas temporadas, libres en mesas, pisos y camas junto a diarios regados y en otras guardados en clósets.

Fue tal vez Jorge Luis Borges el primero. Funes el memorioso se metió a mi vida por meses y un cuento de Julio Cortázar sobre un trancón monumental pasó de ser una historia ajena a una anécdota que sentía propia (La autopista del sur)

Los amores también tienen libros: A sangre fría de Truman Capote, El Enterrador de Thomas Lynch y Frank Sinatra está resfriado de Gay Talese fueron las herencias del primer amor. Esas lecturas marcaron para siempre mi camino.

Cuando me mudé a Bogotá, Fernando Pessoa acompañaba esas noches de miedo y soledad y un ensayo sobre Joseph Conrad de Juan Gabriel Vásquez calmaba mis ojos de neófita. (Joseph Conrad, el hombre de ninguna parte)

Wendy Guerra, Andrés Neuman, Alberto Fuguet, Clairce Lispector y Leila Guerriero serían la banda sonora del segundo amor. Un retorno a Latinoamérica, una evocación a Borges, a Cortázar, a La autopista al sur.

Durante muchas noches sentí que era Sophie del Viajero del siglo de Andrés Neuman.

En los momentos más profundos de dolor abandono los libros. No recuerdo autores o fragmentos. La felicidad para mí está ligada a ellos, como una bañera con agua caliente, como el mar frío y la luz blanca de Chile.

La vez que más dolieron fue cuando los vi empacados en cajas, lejos de la biblioteca que habitaron por años. Los libros nunca deberían estar en cajas.

La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, Las ciudades invisibles de Italo Calvino y Los días del abandono de Elena Ferrante me conmovieron.

La Consagración de la primavera de Alejo Carpentier fue una epifanía que nunca volví a sentir. Quedé extasiada con días por el uso milimétrico de las palabras, por la sinfonía perfecta que veía ante mis ojos.

Mokusei de Cees Nooteboom es el cuento perfecto, superado solo por Guiando la hiedra de Hebe Uhart o tal vez por Funes el memorioso, o no, superado solo por Juego de niños de Alice Munro.

Creo que ya recordé dónde empezó todo, fue en la biblioteca del colegio, cuando Tere, la bibliotecaria decidió regalarme los poemas de José Asunción Silva y una edición de lujo de Cien años de soledad.

Ese día descubrí el placer de tenerlos conmigo, siempre al lado.

Ahí empezó todo.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.



domingo, 20 de mayo de 2018

Me gustan las cosas con errores

Por: Laura Quiceno.

Me gustan las cosas con errores.

Las caras raras, las letras chuecas, las equivocaciones en un discurso bien estructurado que hacen descubrir quién es esa persona.

Me gustan las cosas incompletas.

Los trajes roídos, los trajes gastados de los que deambulan sin rumbo esperando que alguien escuche sus historias.

Me gustan las historias de amor inconclusas.

Porque persisten en el tiempo, porque cuando los protagonistas se ven en el pasillo, intuyen algo que quedo pendiente.

Me gustan las voces de los que han sufrido, a los que se les marca cada arruga en la cara.

Porque en cada relato palpita la paradoja de la vida: hay belleza y luz en el caos.

Me gustan los que viven de noche y duermen de día.

Porque pertenecen a una secta que aprendió a vivir con lo oscuro, que huye de la rutina.

Me gustan los músicos y pintores fracasados.

Porque persisten en su arte así nunca tengan eco.

Me gusta la vulnerabilidad.

Los ataques de llanto en la calle, los que se pasan la vida hablando solos.

Me gusta la honestidad.

Las frases sin artificio, las miradas profundas.

Me gusta no encontrar la palabra precisa.

Me gustan los cuerpos desnudos, sin trucos de color o telas.

Me gustan los errores, porque en la fragilidad está el secreto del universo.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.

jueves, 10 de mayo de 2018

Cada vez me parezco más ella




Por: Laura Quiceno

Cada vez me parezco más a ella, al pelo alborotado que Alba llevó con rebeldía.

Al aura de soledad, de misterio, de melancolía que la inundaba a veces.

Cada vez me parezco más a ella, a una belleza admirada por todos e incomprendida por ella. A una fascinación por lo íntimo, por lo que se cuela en la mente con el alma en pijama y sin maquillaje.

Cada vez me parezco más a ella, a ser una mujer con un lunar en la cara, ella en el cachete y yo con uno sobre la boca. Una señal que nos distingue de los demás. Estamos marcadas, con ese halo de particularidad, de rasgos no convencionales.

Cada vez me parezco más a ella, así no sepa lo que es ser madre a los 22 y sumergirse en un amor que desconozco.

Cada vez me parezco más a ella, con cuadernos llenos de ideas, de destellos que son guardados con sigilo y que pasarán de generación a generación en esta dinastía melancólica femenina.

(Mamá, ¿dónde guardas esos cuadernos?)

Cada vez me parezco más a ella, así haya elegido a un hombre tan diferente del que se enamoró ella.

Cada vez me parezco más a ella, así con cada viaje, con cada beso me aparte de lo conocido y recorra caminos que ella hubiera querido recorrer.

Cada vez me parezco más a ella y a su asombrosa capacidad de conmoverse con el dolor de los demás desde las entrañas.

Intuimos alegrías, anticipamos dolores.

Cada vez me parezco más a ella, a intentar sanar con un solo abrazo las lágrimas de otras mujeres.

Cada vez me parezco más a ti al mirarme en el espejo y al hacerme hoy esta fotografía.

domingo, 29 de abril de 2018

Soy acuática

Por: Laura Quiceno

Soy acuática. Mis emociones son como el agua, a veces serenas, otras, tempestuosas.

Cuando estoy enamorada mi piel y mis lágrimas se vuelven fluidas.

Cuando no estoy enamorada soy tierra, me vuelvo pragmática y escéptica.

En el agua vuelvo a mi elemento, tal vez al vientre de mi madre o a una raíz mucho más profunda, al nacimiento de los océanos.

Me siento libre en el agua y huyo del fuego.

No concibo el mundo racional sin las emociones, para mí son un solo universo. Siento cada pensamiento, los pensamientos son líquidos.

Tengo la nostalgia del marinero y de los que esperan en los puertos.

Llevo la marca del agua en mi piel, por eso puedo sentir el mundo en mi vientre.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.

miércoles, 18 de abril de 2018

Los que ya no están en nuestros sueños


Por: Laura Quiceno

Eran visitantes frecuentes en las tramas nocturnas.

Vivíamos la cotidianidad del día con algunas alteraciones durante la noche.

El momento íntimo en el que te abrazaba mientras lavabas la loza se trasladó a un apartamento inexistente.

En una sesión de fotos de revista aparecían generaciones futuras.

Una obra de teatro de colegio se transformó en una serie nocturna con la introducción de una Sinfónica en el elenco.

Lagunas inmensas, montañas con nieve que se veían a través de ventanales, ya no están.

Se fue él. La piel parecía seguir despierta en la noche. Éramos otros, lucíamos diferentes, pensábamos diferente.

Solo un sonido suelto, una frase ajena en la calle parece traerlos de regreso. Se convirtieron en un recuerdo de vigilia, ya no están hechos de material onírico.

Los que se fueron de nuestros sueños fueron exiliados por nosotros o tal vez ellos nos desterraron antes.

Nos condenaron a no sentirlos ni siquiera en sueños.

Nos condenaron a no soñarlos, que es una forma de olvido.

Foto: Juan Cristóbal Cobo

jueves, 12 de abril de 2018

Soy un cangrejo



Por: Laura Quiceno

A mi mamá, Alba Soto.

Huyo de la multitud, cuando siento un elemento extraño me mimetizo con el agua para luego salir a la superficie y seguir jugando a esconderme.

Soy húmedo, naranja, mis movimientos son torpes.

Camino en el agua y mis pasos son interrumpidos por mis miedos.

Estoy en el mar, pertenezco a ese universo insondable, profundo, misterioso, infinito.

En las noches me atrevo a salir ocasionalmente pero solo en compañía de los que pertenecen a mi especie, que son como yo.

Nunca soy admirado por mi gracia, soy solitario y pegajoso.

Tengo tenazas y puedo herir profundamente cuando atacan mi espacio, mi intimidad.

Mi caparazón me hace ver rígido, pero por dentro soy suave.

Encuentro belleza en lo solitario, me gustaría que nadie habitara mi silencio.

Estoy absorto en mis pensamientos, en mis miedos y sin embargo hago parte de un todo que me recuerda que en el universo no hay posibilidad de una soledad absoluta.

Tengo que estar ahí, afuera y hacer el performance de criatura del mar.

Fui desterrado de las cuevas. Me hicieron salir de mi claustro para ver las noches, los días.

Es difícil dejar de estar encerrado y ser observado o peor aún, ser invitado a interactuar.

Pertenezco a un mundo tan complejo que nunca podre realmente estar solo.

Soy un cangrejo y seguiré jugando a la soledad.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.



domingo, 8 de abril de 2018

No sé echarme pintalabios rojo


Por: Laura Quiceno.

Tengo 31 años y no sé echarme pintalabios rojo. Lo asoció con llamar la atención, situación de la que huyo desde niña.

Siempre me quedo mirando a las mujeres que lo usan en la mañana, me parece un bello despropósito.

A las que lo usan de noche, en conciertos, en discotecas, les pregunto: ¿cómo hacen para besar?, ¿cómo logran que no se corra?

Nunca he jugado a aplicarlo frente al espejo en las rutinas solitarias.  Desconozco parte esencial de la historia de la seducción femenina. Por otra parte, siento que conservo la lozanía.

Pintarse los labios de rojo es una declaración de seducción. Tal vez cuando una mujer aprende a hacerlo es un ritual de paso, como la primera vez que viajas sola o amas a alguien.

Pintarse los labios de rojo es un acto cinematográfico, como llevar una minifalda o usar tacones.

Nunca un hombre ha corrido pintalabios rojo de mi boca y en ese acto esta una primera vez que tengo que vivir.

Pintarse los labios de rojo es jugar a ser una mujer que tal vez ya fuimos en el pasado.

El día que lo aplique en la mañana entenderé ese bello despropósito femenino. El placer de jugar por siempre.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.

domingo, 25 de marzo de 2018

Días de pelo alborotado


Por: Laura Quiceno

Perdí muchas cosas en mi vida, pero recuperé otras, mi pelo alborotado.

A mamá le encantaban mis crespos cuando era niña. A mí me parecía que hacían ver mi cara más redonda.

Las mujeres con pelo crespo luchamos siempre por parecer peinadas.

Nuestros pensamientos son como el pelo, rebeldes, despeinados, enredados.

Uno de los más grandes placeres es lavarlo, el olor a acondicionador recién sales de la ducha. Los rizos parecen obedientes y cuando se secan vuelven a su alboroto.

La primera vez que me cortaron el pelo muy corto a los 6 años, los crespos parecían más salvajes. Mi tía Elvia luchaba contra ellos, estirándolos en una moña. Los esfuerzos eran inútiles, cuando llegaba a casa mi despeluque nos hacía reír a mi hermana y a mí.

En la adolescencia negué mi naturaleza crespa, lo alisé, lo tinturé de negro, de rojo y al hacerlo estaba tapando una parte de mi personalidad.

Hasta los treinta, la década donde realmente abracé lo que soy, recuperé mi pelo alborotado.

Hace poco volví a recogérmelo y cuando llego a casa me lo suelto, es como si volviera a mi naturaleza salvaje, a la mujer antiquísima que vivía sin acondicionador o peinilla.

La libertad es tener el pelo alborotado.

Apenas tengo dos canas y no sé cómo se verán los crespos en gris.

En cuanto a mis pensamientos, siguen siendo muchos y solo se calman, se sosiegan cuando los escribo.

Perdí muchas cosas en mi vida, pero recuperé otras, mis días de pelo alborotado.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.


miércoles, 21 de marzo de 2018

Silenciosa


Por: Laura Quiceno.

Suenan las voces en los cubículos de la oficina, suena la radio.

Suenan las risas de extraños. Las conversaciones ajenas se mezclan en las calles.

Suenan las motos y las voces de los que amanecen de malgenio en las mañanas.

Suenan las construcciones, suenan los aullidos de los perros encerrados, suenan las alarmas de los carros, suenan las peleas de extraños a través de los muros.

El silencio es el compañero olvidado de todas las ciudades.

En un mundo que ama lo frenético, el silencio parece destinado al olvido.

El silencio es un arrullo, es el único refugio. Está en los libros de la casa, en el sofá, en las velas encendidas, en los árboles.

En silencio regresamos al inicio, a la nada.

En silencio sentimos la presencia real de las cosas.

En silencio sentimos más la vida y comprendemos la cercanía con la muerte.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.


sábado, 17 de marzo de 2018

¿Por qué ver Matar a Jesús?


Porque es tratar de dar un final, un sentido a la muerte violenta de alguien que amas.

Porque muestra la cercanía y a la vez la lejanía con esa oscuridad de Medellín. Estás siempre al borde de cruzarla.

Porque es perfecto el ruido como banda sonora.

Porque cuando bajan del mirador, a Paula y Jesús los acompañan unos chicos en cicla, dueños de esas lomas de Medellín. Es una escena poética, luminosa.

Hay belleza en los que no le temen a la muerte.

Por la elección de la directora, Laura Mora, de narrar la historia en una Medellín decembrina, con esas luces, con pólvora. Con esa sonoridad estruendosa.

Porque al final llega la confrontación esperada. Jesús, el monstruo se desarma y se vuelve más que humano.

Porque Matar a Jesús es una oda al padre. Un homenaje que remueve.

Foto: Facebook película Matar a Jesús.

jueves, 15 de marzo de 2018

Nacer en Medellín


Por: Laura Quiceno

Alguna vez alguien me dijo que Medellín es una mujer que intenta ocultar sus arrugas y sus manchas con mucho maquillaje.

Alguna vez alguien me dijo que en Medellín tantos muertos pesan.

Alguna vez alguien me dijo que Medellín es callejera.

Nací en Medellín en el año 86, en pleno Mundial de fútbol. Maradona se consagraba como el más grande y mientras yo me aferraba al vientre de mi mamá, los que saboreaban la década de los 20 veían como las calles y discotecas se iban llenando de personajes oscuros.

Nací en la década de la muerte, del narcotráfico y aunque en mi mente están las historias y coreografías que me inventaba, los grandes vivían con miedo y el nombre de Pablo Escobar era una profanación en las comidas.

Nací en la tierra de Bajo Tierra y Parlantes.

“Las bandas de Medellín suenan sucio”, dice alguien más.

Nací en una ciudad donde he visto lo mejor del ser humano y donde también he sentido mucho miedo.

Nacer en Medellín es tener muy presente la palabra raíces a donde quiera que vayas.

Nacer en Medellín es encontrarse en cada barrio con las historias de las abuelas que llegaron del campo a educar a 8, 9 hijos con la promesa de un mejor futuro.

Nacer en Medellín es admirar la belleza de los rasgos campesinos, de los dichos de antaño en quienes amamos.

A Medellín la amo y la odio. Me confronta el ruido de sus calles y luego me conmueven las historias de los extraños y de la gente con la que crecí.

Medellín es una sinfonía que suena a Enrique Santos Discépolo, a Héctor Lavoe, a I.R.A.

Alguna vez alguien me dijo que Medellín es un dolor eterno, de sentir que con cada muerte violenta muere algo en vos.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.



miércoles, 7 de marzo de 2018

Para ser editora se necesita haber mudado muchas veces de piel



Por Laura Quiceno

“He cambiado de piel”. Es la frase que está tatuada en mi frente.

“Todavía escribo en agendas” sale en casi todas mis conversaciones cuando los celulares nos hacen olvidar la magia del papel y los bolígrafos de colores.

“Soy curiosa”. Es la frase que me define como mujer y como periodista.

No hay división entre lo que soy y lo que hago. Desde el 2011 combiné mi pasión con mi tarea de todos los días: escribir y ordenar universos de palabras.

Desde que llegué al periodismo por intuición, por ganas de indagar en las lecturas de adolescencia, desde el momento en que nació ‘Bogotá sin edición’ en mayo de 2011 con entrevistas a escritores (Andrés Neuman, Alberto Fuguet, Judith Thurman) quise contar historias, indagar en la vida de otros, con universos similares y a la vez diferentes al mío.

Desde la predilección por ‘Los días del abandono’ de Elena Ferrante que comparto con Judith Thurman hasta el gusto de Alberto Fuguet por la película ‘Something Wonderful’ con Mary Stuart Masterton y Andrés Caicedo, desde ese momento supe que dejaría atrás la ciencia política y me sumergiría en uno de los oficios más apasionantes del mundo: el periodismo.

No sé en qué momento pasé de escribir a editar, siento que estaba escrito cruzar esa línea para descubrir las voces de otros.

Tal vez fue cuando llegué a Kienyke.com como periodista y luego como editora de tendencias. O con mi fugaz paso por el mundo de los noticieros de televisión o por las noticias en radio donde en seis meses descubrí lo mucho que me hacían falta las páginas impresas y las digitales, buscar un título, sentarme durante días a escribir y reescribir el primer párrafo.

Eso extrañaba: sonreír mientras transcribía la entrevista y en un momento descubría que el personaje se estaba desnudando y se revelaba ante mí como una epifanía y yo podía transmitirlo a los lectores.


Foto: Juan Cristóbal Cobo.

En el momento más álgido de las ruedas de prensa, de salir en vivo, decido volver al periodismo escrito.

Recuerdo que volví a enfrentarme primero al papel, el lapicero y luego al ordenador con  ‘La Sal de la tierra’, el documental sobre Sebastião Salgado para la revista chilena Intemperie, después de seis meses sin escribir sobre lo que veía o admiraba, retratar su obra me costó lágrimas y la construcción del artículo más de 15 días. Había retomado mi camino.

Había visto de cerca el periodismo informativo y estaba lista para regresar al periodismo narrativo.

Hoy, a mis 31 años, sé que para ser editora se necesita haber pasado por muchas salas de redacción, haber sentido el machismo y también haber conocido a reporteras guerreras que se la juegan en campo.

Para ser editora se necesita haber vivido, haberse enamorado dos o más veces y ver como se esfuma lo que construiste y sentarte a escribir sobre eso.

Para ser editora debiste sacrificar muchos fines de semana, ver las luces encendidas de ‘Al Aire’ en una cabina, ser apasionada por un oficio que “no te deja tener vida” y que a la vez te permite vivir al 100 %.

Para ser editora tienes que aceptar en los errores de los otros, tus propios errores y aprender.

Para ser editora tuviste que haber vivido, llorado, pasado por varios colores de pelo, haber querido escribir todas las historias del mundo y luego incitar a otros a que las escriban.

Para ser editora tuviste que trasnochar muchas veces, hasta que lograste que esa historia encajara y se revelara a otros.

Para ser editora se necesita aprender que hay muchas historias por escribirse y que algunas todavía se están escribiendo y no tienen punto final.

Fotos: Juan Cristóbal Cobo

sábado, 3 de marzo de 2018

Toma 2: Alicia

Foto: Juan José Higuera

El horizonte está limpio. Alicia contempla las olas mientras hace la retrospectiva de su vida: la primera vez que vino al mar, su luna de miel y los ocho hijos que nunca imaginó tener. Ya abandonó la vanidad que nunca está conforme con el tamaño de los senos, el largo de las piernas y los gorditos de la cintura. Es hermosa y lo mejor, no lo sabe.

Para mi abuela, Alicia Ruiz.

En Instagram @LauraQuicenoSoto

domingo, 25 de febrero de 2018

Toma 1: Diarios



Historias de cámara. 
Por Laura Quiceno.

Toma 1: Diarios.

Hay diarios prohibidos, hay diarios luminosos, hay diarios lúgubres, hay diarios ruidosos, hay diarios silenciosos, hay diarios olvidados, hay diarios lujuriosos, hay diarios estériles. Hay diarios para releer, hay diarios a los que nunca se quiere volver.

domingo, 27 de agosto de 2017

¿Por qué duele Amazona?


Por Laura Quiceno

Porque la mujer antiquísima despierta, esa que ya fue bisabuela, abuela, madre. Esa que viene de un linaje femenino, que reconoce las heridas de otras mujeres como suyas.

Porque la vida y el amor están tan cerca de la muerte, que las lágrimas de Valerie, la protagonista, son las lágrimas de todas las mujeres que sabemos que todas las pérdidas se cargan en el vientre.

Porque recordamos a nuestras madres en las fotos viejas en las que parecíamos una extensión de su regazo. Se ven tan felices y a la vez tan vulnerables, un estado de belleza frágil.

Porque me recuerda las historias que aplazamos contar, esas que están fijas en la memoria y en los diarios, que siempre estamos esperando el momento justo para contarlas, ese momento en que la vergüenza de ser mujeres nos abandone para sanar los dolores ocultos de nuestras bisabuelas y abuelas, que se borren con un grito o con cientos de páginas.

Porque los viajes vienen y van, los caminos se abren y nunca paran de llevarnos a nuestra esencia femenina. Porque siempre nuestras madres cambian el rumbo de nuestras vidas.

Porque la libertad es tan inconmensurable y  tan infinita que ante cualquier final es lo único que nos acompaña.


domingo, 14 de mayo de 2017

“La Revista Paula llevó lo que era privado a lo público”: Paula Coddou.

Paula Coddou. Subdirectora de la revista Paula de Chile.


Por Laura Quiceno

“El agua me salvó”, un artículo con relatos íntimos de sanación en relación con el agua, ‘Pecosas’ una galería fotográfica que hace una oda a las mujeres con manchas, a esas que alguna vez intentaron taparlas con maquillaje, ‘Mala madre', un relato donde María Paz Rodríguez, autora del libro, revela la vida de su abuela lectora y bohemia que renuncia a su papel de madre.

Así es ‘La Paula’, diversa, rompedora y una de las mejores revistas de Iberoamérica desde su creación en los años sesenta en Santiago de Chile.

Su apuesta por mezclar relatos, reportajes y crónicas que ahondan en la realidad chilena (Especial de migrantes-2016) se equilibra con una curaduría de moda, cocina y belleza que llama la atención de las mujeres curiosas a las que no logran encasillarnos con una etiqueta: ¿intelectual, frívola, vulnerable?

“La Revista Paula llevó lo que era privado a lo público, lo que ha estado pasando hace cinco décadas, que las cosas que eran privadas, ahora ya son públicas, seguramente la gente se hacía abortos, era infiel, pero todo eso hoy se discute, antes pasaba que la homosexualidad y todos esos temas que hacen parte de la agenda eran del ámbito privado y la revista lo explicitó.” señala Paula Coddou, subdirectora de la revista Paula, con una larga trayectoria en medios chilenos como Sábado, Qué pasa y Revista Cosas.

En el 2017, Paula cumple 50 años contando las historias de las mujeres chilenas, desde las primeras crónicas sobre la píldora o una mujer infiel, hasta el dilema de congelar o no congelar los óvulos, sus páginas atraviesan la vida de las mujeres que asistimos expectantes a cada uno de los ciclos de la vida.

“Paula partió como un experimento, con la Delia que era una mujer súper de avanzada para la época, sin embargo, ves en el primer ejemplar que firmaba como ‘Delia Vergara de no sé quién’, ‘Isabel Allende de’, y se arma un grupo muy virtuoso donde se juntaron la Isabel Allende con la Amanda Puz, mujeres muy progresistas para su época”

Hablé con Paula Coddou sobre los retos para 50 años de nuevas historias.

¿Por qué la aparición de la Revista Paula fue tan rompedora a finales de los sesenta en Chile?

Porque no había una revista parecida a Paula en Chile, las revistas eran mucho más tradicionales, orientadas a la mujer y el hogar, a la familia, revistas para la mujer de los cincuenta, no recogiendo lo que estaba pasando en los sesenta.

En 1967 cuando nace Paula, el mundo estaba cruzado por el movimiento hippie, la Guerra de Vietnam y la píldora, cuando nace Paula no tenía la intención de ser tan rompedora, la directora de ese entonces, Delia Vergara, dice que es la revista de los tiempos que les tocaron.

Te voy a contar la anécdota con Delia. Roberto Edwards tenía una editorial y él se fijó en ella en un almuerzo porque la encontró muy divertida. Estaban en la playa y un sacerdote hablaba sobre el matrimonio y las relaciones de pareja, en ese momento interrumpe una mujer joven y le dice: ¿Usted de que habla?, si nunca se ha casado y Roberto Edwards la vio y dijo: Ella tiene que ser la directora de Paula.

En el segundo número partieron con un reportaje: ¿Debo tomar la píldora?, que para ese tiempo era bastante revolucionario porque la Iglesia no la aprobaba y después entrevistaron a una mujer infiel. Era rompedora la Paula en esa época, pero estaba recogiendo los cambios de la sociedad chilena. La Paula supo interpretar muy bien el espíritu del tiempo en que nació.


¿Una entrevista que recuerde de esas primeras ediciones?

Justo ahora estaba revisando ejemplares pasados porque la revista cumple 50 años en el 2017. Uno sobre el aborto fue el que más llamó mi atención, porque el uso de la píldora no se lo cuestionaron tanto las mujeres en los sesenta como se lo cuestionaron las mujeres en los noventa.

Las mujeres de mi generación, por ejemplo, fuimos mucho más conservadoras que nuestras mamás, porque fuimos los hijos del régimen militar y teníamos el trauma del desorden, del quiebre que hubo en el país y a principios de los noventa cuando volvió la democracia, mi generación era mucho más conservadora, pero creo que en los sesenta cuando salió la píldora fue tan revolucionario para las mujeres solteras y casadas, de no tener ocho hijos como única opción de vida que las mujeres abrazaron esa novedad felices.

En el quinto y sexto numero hablaron sobre aborto con una transparencia, una mujer que había tenido un aborto traumático, otra que no lo encontraba tan traumático. Me llamó la atención el tono, no era un tono de juzgar.

La Revista Paula llevó lo que era privado a lo público, lo que ha estado pasando hace cinco décadas, que las cosas que eran privadas, ahora ya son públicas, seguramente la gente se hacía abortos, era infiel, pero todo eso hoy en día se discute, antes pasaba que la homosexualidad y todos esos temas que hacen parte de la agenda pública eran del ámbito súper privado y la revista lo explicitó.

¿Desde el nacimiento de Paula hasta hoy nos siguen interesando a las mujeres los mismos temas?, ¿o cuáles temas se posicionan en la agenda, nuevos?


El tema de la maternidad visto desde el nuevo feminismo, desde la lactancia, no lactancia, siguen siendo temas súper presentes, lo que pasa es que el tema hoy puede ser: ¿quiero o no quiero ser madre?, un tema inimaginable antes.

Una socióloga escribió sobre ‘madres arrepentidas’, con un tema como ese antes te podían lapidar, si tu decías que estabas arrepentida de ser madre. Creo que son fenómenos que nos siguen interesando. El tema del amor, desde otra óptica, o el derecho a estar sola, ¿puedo o no puedo estar sola? y la presión por decidirlo.

Antes las mujeres se preguntaban ¿debo o no debo tomar la píldora? y la pregunta de muchas mujeres hoy es: ¿debo o no debo congelar óvulos?, por ejemplo. Esa es una pregunta para la mujer de treinta años hoy: "se me está yendo el tren", "¿me iré a casar o no?" El camino para la mujer hoy es mucho menos claro, tú antes sabías que te ibas a casar, que ibas a hacer mamá, probablemente que también ibas a ser profesional, pero hoy en día todo está en cuestión. Todos los pilares se han ido remeciendo, pero en el fondo siguen existiendo preguntas sobre los mismos temas: maternidad, matrimonio, realización profesional.

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"Espero fervientemente que Elena Ferrante no deje de escribir": Judith Thurman.



¿Cómo logran esa combinación entre moda, belleza con unos reportajes y crónicas sobre educación en casa, historias de mujeres?, ¿cuál es la clave de ese equilibrio?

Paula nació con una vocación de buen periodismo, buenas firmas, buenas entrevistas. Mucha gente dice que Paula es el Vogue chileno, pero no fue pura moda, la moda fue una cosa acotada dentro de la propuesta, después en los años ochenta, y por la época en que estaba Chile, con mucha cultura, algunos reportajes de denuncia (mujeres en la cárcel, alcoholismo femenino) pero en los noventa, la Revista tenía el concurso Miss Chile que se acaba y llega Alexandra Edwards, la hija de Roberto Edwards a la dirección, y la Alexandra hace una apuesta por el buen periodismo, y viene un impulso para la revista y con los directores que siguieron, especialmente la Paula Recca que marca mucho la pauta con reportajes trascendentes e investigaciones.

Paula es un ícono femenino, pero también es una revista unisex, es para una mujer a la que le interesa el periodismo, la política, los perfiles. Yo trabajo hace año y medio en Paula y mi función es resguardar mucho la parte periodística porque es lo que la ha hecho muy importante. Siempre está de finalista en los concursos de reportaje y hay una gran libertad editorial, porque tu acá puedes investigar los temas que tu sientes tienen que ir. No hay mucha restricción.

La revista es como la mujer de hoy: frívola, puedes preocuparte por la ropa, pero a la vez, te puede fascinar leer un reportaje duro, de política, hoy la mujer está copando todos los espacios. Está pensada para una mujer inteligente, e incluso la veo como una revista para cualquiera, para todos, no la veo como una revista de mujeres. Otra parte muy importante es la cocina, de mucha calidad, las producciones están súper bien hechas, con fotógrafos muy buenos, la revista tiene un prestigio en cocina muy grande, por los libros que ha sacado y eso es muy Paula, la espectris cocina.

De repente hay gente que dice esta revista es rara porque tiene reportajes súper duros con moda, con cremas, y sobre todo ahora que vamos a cumplir 50 años hemos discutido mucho sobre cuál va a ser el estado de ánimo de la revista, y como siento que va a cumplir los 50 años y va a entrar al segundo tiempo de su vida, si la revista Paula fuera una mujer sería una mujer inteligente, bella y elegante.

¿Cuántas mujeres integran la sala de redacción y cómo son esos debates para definir la pauta, los temas?

Nosotros hacemos cada 15 días una pauta, partimos con una evaluación del número que se terminó, cada una evalúa su trabajo y el de sus compañeros, y después hay números ordinarios y otros números especiales, como el de madres que es muy grande, o el especial moda. Lo divertido de la revista es que hay muchos debates porque tenemos distintas edades, orígenes, y maneras de mirar la vida. Hay gente más conservadora, otra más liberal, igual se discute y ahora estábamos discutiendo de si era novedoso o no hablar si la maternidad te puede pesar, y una periodista muy joven decía que lo encuentra súper aburrido porque hace tres años en todos los blogs del mundo se transparenta que las mujeres también sufren al ser madres o que no quieren ser madres.

Yo trabajaba antes en la Revista Sábado del Mercurio donde no existía esta polémica, por ejemplo, una escritora que se llama Lina Meruane escribió una columna que se llamaba ‘Contra los hijos’, sobre por qué las mujeres tenemos esta cosa de imponer las ideas, también está el tema del feminismo, qué es y qué no, a la que es más liberal le molesta la ley de cuotas, por ejemplo, considera que el Estado no tiene por qué darte un cupo si tú ya llegaste a cierto lugar, hay otra gente que es muy pro cuotas.

El periodismo es bien de mujeres en Chile. Las periodistas son súper poderosas, mira a la Mónica González, ese es el tipo de jefas que tuve en mi carrera en Chile, no tengo que pedirle permiso a nadie para nada, pero en otros ámbitos hay bastante discriminación.

Hablemos ahora de los retos, van a cumplir 50 años, han mirado otros países de América Latina. ¿Incluirlos en sus contenidos?

La revista ha potenciado mucho su página web y ahí hay muchos desafíos interesantes, porque los periodistas, la mayoría, todavía piensan en papel, entonces hacer el sitio web más multiplataforma, es un desafío súper grande para los próximos 50 años.

Paula es una revista, pero es una marca también, tiene feria, es un estilo de vida, de alimentación. El desafío entonces es definir qué mantienes y que cambias, por eso te hablaba del estado de ánimo, si la revista debe ser más liviana o no, y en eso estamos trabajando todavía, estamos leyendo mucho del pasado de la revista para proyectar el futuro.

El año pasado hicimos un número sobre inmigrantes que fue un hit, y surgió porque las calles de Santiago de Chile han cambiado, ves gente de color, con sus pelos, sus comidas y nadie había hablado sobre cómo la cultura chilena ha cambiado con los inmigrantes, entonces ahí nos hicimos cargo de América latina, pero desde acá, con historias potentes. Chile ha cambiado mucho por la migración y va a seguir cambiando.

Es una revista vanguardista que va olfateando lo que viene y lo que hemos tratado de hacer también es que sea más contingente, que la revista sea más necesaria, que siga siendo como un calmante debajo de la lengua, por un lado, que tú la leas y sea linda, pero que a la vez sea súper periodística. Creo que el desafío siempre es: ¿por qué tengo que seguir leyéndola?

¿Cuál es su mayor sueño en la publicación?

Crecí leyendo Paula, en los años ochenta estaban la Revista Paula y la Revista Cosas, que tenía más política. Me costó decidirme porque yo venía de una revista mucho más mixta, en cuanto equipo y en cuanto a tema.

Lo que más me sedujo de Paula es la mezcla de temas que a mí me entretienen, me encanta la moda, la cocina, te permite pensar con el abanico más amplio, con la cultura, con los libros, y por otro lado, la tremenda libertad que uno tiene acá para ir creando cosas nuevas. Es una revista muy libre que va reinventándose todo el tiempo. 

El desafío es aportar mi visión a una revista de mujeres, yo vengo como de otro mundo, y darle mucha más actualidad a la revista, eso fue lo que me pidieron cuando llegué. Reconectarla con el mundo del poder, no sólo que sea entretenida, sino poner temas de conversación en la mesa, golpear al estilo Paula, con temas súper propios. Que la revista siga siendo trascendente, importante e imperdible.