domingo, 25 de marzo de 2018

Días de pelo alborotado


Por: Laura Quiceno

Perdí muchas cosas en mi vida, pero recuperé otras, mi pelo alborotado.

A mamá le encantaban mis crespos cuando era niña. A mí me parecía que hacían ver mi cara más redonda.

Las mujeres con pelo crespo luchamos siempre por parecer peinadas.

Nuestros pensamientos son como el pelo, rebeldes, despeinados, enredados.

Uno de los más grandes placeres es lavarlo, el olor a acondicionador recién sales de la ducha. Los rizos parecen obedientes y cuando se secan vuelven a su alboroto.

La primera vez que me cortaron el pelo muy corto a los 6 años, los crespos parecían más salvajes. Mi tía Elvia luchaba contra ellos, estirándolos en una moña. Los esfuerzos eran inútiles, cuando llegaba a casa mi despeluque nos hacía reír a mi hermana y a mí.

En la adolescencia negué mi naturaleza crespa, lo alisé, lo tinturé de negro, de rojo y al hacerlo estaba tapando una parte de mi personalidad.

Hasta los treinta, la década donde realmente abracé lo que soy, recuperé mi pelo alborotado.

Hace poco volví a recogérmelo y cuando llego a casa me lo suelto, es como si volviera a mi naturaleza salvaje, a la mujer antiquísima que vivía sin acondicionador o peinilla.

La libertad es tener el pelo alborotado.

Apenas tengo dos canas y no sé cómo se verán los crespos en gris.

En cuanto a mis pensamientos, siguen siendo muchos y solo se calman, se sosiegan cuando los escribo.

Perdí muchas cosas en mi vida, pero recuperé otras, mis días de pelo alborotado.

Instagram: Laura Quiceno Soto.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.


miércoles, 21 de marzo de 2018

Silenciosa


Por: Laura Quiceno.

Suenan las voces en los cubículos de la oficina, suena la radio.

Suenan las risas de extraños. Las conversaciones ajenas se mezclan en las calles.

Suenan las motos y las voces de los que amanecen de malgenio en las mañanas.

Suenan las construcciones, suenan los aullidos de los perros encerrados, suenan las alarmas de los carros, suenan las peleas de extraños a través de los muros.

El silencio es el compañero olvidado de todas las ciudades.

En un mundo que ama lo frenético, el silencio parece destinado al olvido.

El silencio es un arrullo, es el único refugio. Está en los libros de la casa, en el sofá, en las velas encendidas, en los árboles.

En silencio regresamos al inicio, a la nada.

En silencio sentimos la presencia real de las cosas.

En silencio sentimos más la vida y comprendemos la cercanía con la muerte.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.


sábado, 17 de marzo de 2018

¿Por qué ver Matar a Jesús?


Porque es tratar de dar un final, un sentido a la muerte violenta de alguien que amas.

Porque muestra la cercanía y a la vez la lejanía con esa oscuridad de Medellín. Estás siempre al borde de cruzarla.

Porque es perfecto el ruido como banda sonora.

Porque cuando bajan del mirador, a Paula y Jesús los acompañan unos chicos en cicla, dueños de esas lomas de Medellín. Es una escena poética, luminosa.

Hay belleza en los que no le temen a la muerte.

Por la elección de la directora, Laura Mora, de narrar la historia en una Medellín decembrina, con esas luces, con pólvora. Con esa sonoridad estruendosa.

Porque al final llega la confrontación esperada. Jesús, el monstruo se desarma y se vuelve más que humano.

Porque Matar a Jesús es una oda al padre. Un homenaje que remueve.

Foto: Facebook película Matar a Jesús.

jueves, 15 de marzo de 2018

Nacer en Medellín


Por: Laura Quiceno

Alguna vez alguien me dijo que Medellín es una mujer que intenta ocultar sus arrugas y sus manchas con mucho maquillaje.

Alguna vez alguien me dijo que en Medellín tantos muertos pesan.

Alguna vez alguien me dijo que Medellín es callejera.

Nací en Medellín en el año 86, en pleno Mundial de fútbol. Maradona se consagraba como el más grande y mientras yo me aferraba al vientre de mi mamá, los que saboreaban la década de los 20 veían como las calles y discotecas se iban llenando de personajes oscuros.

Nací en la década de la muerte, del narcotráfico y aunque en mi mente están las historias y coreografías que me inventaba, los grandes vivían con miedo y el nombre de Pablo Escobar era una profanación en las comidas.

Nací en la tierra de Bajo Tierra y Parlantes.

“Las bandas de Medellín suenan sucio”, dice alguien más.

Nací en una ciudad donde he visto lo mejor del ser humano y donde también he sentido mucho miedo.

Nacer en Medellín es tener muy presente la palabra raíces a donde quiera que vayas.

Nacer en Medellín es encontrarse en cada barrio con las historias de las abuelas que llegaron del campo a educar a 8, 9 hijos con la promesa de un mejor futuro.

Nacer en Medellín es admirar la belleza de los rasgos campesinos, de los dichos de antaño en quienes amamos.

A Medellín la amo y la odio. Me confronta el ruido de sus calles y luego me conmueven las historias de los extraños y de la gente con la que crecí.

Medellín es una sinfonía que suena a Enrique Santos Discépolo, a Héctor Lavoe, a I.R.A.

Alguna vez alguien me dijo que Medellín es un dolor eterno, de sentir que con cada muerte violenta muere algo en vos.

Instagram: Laura Quiceno Soto.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.



miércoles, 7 de marzo de 2018

Para ser editora se necesita haber mudado muchas veces de piel



Por Laura Quiceno

“He cambiado de piel”. Es la frase que está tatuada en mi frente.

“Todavía escribo en agendas” sale en casi todas mis conversaciones cuando los celulares nos hacen olvidar la magia del papel y los bolígrafos de colores.

“Soy curiosa”. Es la frase que me define como mujer y como periodista.

No hay división entre lo que soy y lo que hago. Desde el 2011 combiné mi pasión con mi tarea de todos los días: escribir y ordenar universos de palabras.

Desde que llegué al periodismo por intuición, por ganas de indagar en las lecturas de adolescencia, desde el momento en que nació ‘Bogotá sin edición’ en mayo de 2011 con entrevistas a escritores (Andrés Neuman, Alberto Fuguet, Judith Thurman) quise contar historias, indagar en la vida de otros, con universos similares y a la vez diferentes al mío.

Desde la predilección por ‘Los días del abandono’ de Elena Ferrante que comparto con Judith Thurman hasta el gusto de Alberto Fuguet por la película ‘Something Wonderful’ con Mary Stuart Masterton y Andrés Caicedo, desde ese momento supe que dejaría atrás la ciencia política y me sumergiría en uno de los oficios más apasionantes del mundo: el periodismo.

No sé en qué momento pasé de escribir a editar, siento que estaba escrito cruzar esa línea para descubrir las voces de otros.

Tal vez fue cuando llegué a Kienyke.com como periodista y luego como editora de tendencias. O con mi fugaz paso por el mundo de los noticieros de televisión o por las noticias en radio donde en seis meses descubrí lo mucho que me hacían falta las páginas impresas y las digitales, buscar un título, sentarme durante días a escribir y reescribir el primer párrafo.

Eso extrañaba: sonreír mientras transcribía la entrevista y en un momento descubría que el personaje se estaba desnudando y se revelaba ante mí como una epifanía y yo podía transmitirlo a los lectores.


Foto: Juan Cristóbal Cobo.

En el momento más álgido de las ruedas de prensa, de salir en vivo, decido volver al periodismo escrito.

Recuerdo que volví a enfrentarme primero al papel, el lapicero y luego al ordenador con  ‘La Sal de la tierra’, el documental sobre Sebastião Salgado para la revista chilena Intemperie, después de seis meses sin escribir sobre lo que veía o admiraba, retratar su obra me costó lágrimas y la construcción del artículo más de 15 días. Había retomado mi camino.

Había visto de cerca el periodismo informativo y estaba lista para regresar al periodismo narrativo.

Hoy, a mis 31 años, sé que para ser editora se necesita haber pasado por muchas salas de redacción, haber sentido el machismo y también haber conocido a reporteras guerreras que se la juegan en campo.

Para ser editora se necesita haber vivido, haberse enamorado dos o más veces y ver como se esfuma lo que construiste y sentarte a escribir sobre eso.

Para ser editora debiste sacrificar muchos fines de semana, ver las luces encendidas de ‘Al Aire’ en una cabina, ser apasionada por un oficio que “no te deja tener vida” y que a la vez te permite vivir al 100 %.

Para ser editora tienes que aceptar en los errores de los otros, tus propios errores y aprender.

Para ser editora tuviste que haber vivido, llorado, pasado por varios colores de pelo, haber querido escribir todas las historias del mundo y luego incitar a otros a que las escriban.

Para ser editora tuviste que trasnochar muchas veces, hasta que lograste que esa historia encajara y se revelara a otros.

Para ser editora se necesita aprender que hay muchas historias por escribirse y que algunas todavía se están escribiendo y no tienen punto final.

Instagram: Laura Quiceno Soto.

Fotos: Juan Cristóbal Cobo

sábado, 3 de marzo de 2018

Toma 2: Alicia

Foto: Juan José Higuera

El horizonte está limpio. Alicia contempla las olas mientras hace la retrospectiva de su vida: la primera vez que vino al mar, su luna de miel y los ocho hijos que nunca imaginó tener. Ya abandonó la vanidad que nunca está conforme con el tamaño de los senos, el largo de las piernas y los gorditos de la cintura. Es hermosa y lo mejor, no lo sabe.

Para mi abuela, Alicia Ruiz.

En Instagram @LauraQuicenoSoto