miércoles, 30 de mayo de 2018

Los libros son el hilo conductor de mi vida


Por: Laura Quiceno

No recuerdo el momento exacto en que los conocí.

Tal vez en la biblioteca del colegio o al lado de los cuadernos viejos con hojas amarillas de papá.

Desde que tengo memoria ellos están ahí, conmigo.

En las noches, en los aeropuertos, en los aviones (sobre todo en los aviones, son un buen lugar para devorarlos) 

En algunas temporadas, libres en mesas, pisos y camas junto a diarios regados y en otras guardados en clósets.

Fue tal vez Jorge Luis Borges el primero. Funes el memorioso se metió a mi vida por meses y un cuento de Julio Cortázar sobre un trancón monumental pasó de ser una historia ajena a una anécdota que sentía propia (La autopista del sur)

Los amores también tienen libros: A sangre fría de Truman Capote, El Enterrador de Thomas Lynch y Frank Sinatra está resfriado de Gay Talese fueron las herencias del primer amor. Esas lecturas marcaron para siempre mi camino.

Cuando me mudé a Bogotá, Fernando Pessoa acompañaba esas noches de miedo y soledad y un ensayo sobre Joseph Conrad de Juan Gabriel Vásquez calmaba mis ojos de neófita. (Joseph Conrad, el hombre de ninguna parte)

Wendy Guerra, Andrés Neuman, Alberto Fuguet, Clairce Lispector y Leila Guerriero serían la banda sonora del segundo amor. Un retorno a Latinoamérica, una evocación a Borges, a Cortázar, a La autopista al sur.

Durante muchas noches sentí que era Sophie del Viajero del siglo de Andrés Neuman.

En los momentos más profundos de dolor abandono los libros. No recuerdo autores o fragmentos. La felicidad para mí está ligada a ellos, como una bañera con agua caliente, como el mar frío y la luz blanca de Chile.

La vez que más dolieron fue cuando los vi empacados en cajas, lejos de la biblioteca que habitaron por años. Los libros nunca deberían estar en cajas.

La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, Las ciudades invisibles de Italo Calvino y Los días del abandono de Elena Ferrante me conmovieron.

La Consagración de la primavera de Alejo Carpentier fue una epifanía que nunca volví a sentir. Quedé extasiada con días por el uso milimétrico de las palabras, por la sinfonía perfecta que veía ante mis ojos.

Mokusei de Cees Nooteboom es el cuento perfecto, superado solo por Guiando la hiedra de Hebe Uhart o tal vez por Funes el memorioso, o no, superado solo por Juego de niños de Alice Munro.

Creo que ya recordé dónde empezó todo, fue en la biblioteca del colegio, cuando Tere, la bibliotecaria decidió regalarme los poemas de José Asunción Silva y una edición de lujo de Cien años de soledad.

Ese día descubrí el placer de tenerlos conmigo, siempre al lado.

Ahí empezó todo.

Foto: Juan Cristóbal Cobo.



1 comentario:

  1. Solo diré <3
    Todos los que disfrutamos leer tenemos un inventario parecido.

    Saludos.

    ResponderEliminar